28 septiembre 2026

Aria

Título: Aria
Personajes: Aimée Reed, Leonardo Ramírez.
Advertencia: Postodo.



Estaba teniendo una pesadilla. 

La misma de siempre. Otra vez.  Quizá la única que contaba como una desde que era un niño. El olor a pólvora, el ardor de los ojos, el sudor frío, el ruido de una ciudad en caos—

Y, en medio de todo, Aimée.

Aimée, la agente británica que le había parecido distante y fría, que había estado en momentos bajos que ni siquiera Jorge había detectado en Leonardo, que le había atraído desde verla musitando your sex is on fire en un concierto que apenas recuerda. Aimée, que había terminado en su habitación del hotel un Año Nuevo y Leonardo lo consideró nada serio porque eso era. Aimée, que terminó en otra habitación con él el siguiente Año Nuevo, y Leonardo empezó a prestarle atención a su interés y pasaron meses intentando compaginar sus agendas. Aimée, que le dijo un “mejor lo dejamos hasta aquí” que a Leonardo le dolió más en el orgullo que en los sentimientos, y que aún así terminó con sus bonitas piernas rodeándole la cintura en un clóset de la Organización meses después, a pesar de todo.

Aimée defendiéndolo de su propio padre en la cena accidental con su familia en Inglaterra que fue un fiasco y lo hizo darse cuenta de lo equivocado que estaba sobre cuánto la conocía. Aimée en las escapadas fuera de Santiago después de eso que lo hacían pensar que sus diferencias de estatus importaban una mierda mientras él pudiera pasarse horas entre sus muslos contándole idioteces de sus días como corredor en las afueras de Santiago, incapaz de retirarle las manos de encima mientras ella se reía. Aimée que jamás le dijo te quiero, pero sí tomó su rostro después de una misión en la que cometió un error estúpido y le dijo no vuelvas a hacerlo, y que hizo a Leonardo sonreír y él tampoco le dijo nunca que la quería.

Aimée en la misión de Siria. La despedida que no fue tal. La transferencia fantasma, el silencio, la ignorancia. El puñetazo de Alex seix meses después que Leonardo ni siquiera intentó evadir. Aimée, cuyo nombre se convirtió en tabú al pasar un año, y Leonardo dio vuelta la página.

Entonces Valentina. Un año perfecto y uno que sabía que el tiempo pintaba mejor de lo que había sido en realidad. Valentina diciéndole “No tenemos ningún plan juntos para el futuro porque nunca estás aquí” el día que terminó con él oficialmente. Su “Quererte me duele, Lío” después de cinco meses de recaídas en las que Leonardo le dijo que la quería y lo sintió de verdad. Un mes de ausencia. El atentado a Santiago. El Bellas Artes en llamas, el funeral de Valentina y los cientos de otros en el ataque terrorista. La hermana de Javiera diciéndole que Valentina pensaba volver a terminar con él, aunque en realidad no habían vuelto después del primer quiebre.

Y Aimée, ahí. La Aimée que había evitado desde su regreso, cuatro años despues de Siria, la que Leonardo no miraba porque le daba rabia mirarla. La Aimée a la que también pensó muerta después de Valentina y por la que arriesgó su puesto en Omas para volver a ella después de haberle dicho “transfiéreme porque no puedo trabajar contigo ahora” tras la muerte de Valentina. Como un idiota, porque incluso entonces parecía que Leonardo le hacía homenaje a su apodo de Lío y su cabeza se había vuelto un caos que ni pretendía entender.

Aimée en su cama en pleno día en vez de obligarlo a verla marcharse en medio de la madrugada, el día en que Leonardo se despertó antes por el timbre y le dijo a Amanda en la puerta que estaba con su polola. Aimée, quince minutos después, refiréndose a sí misma frente a Jorge y Alex como su novia.

Leonardo había pensado que las pesadillas acabarían ahí. 

Porque a su edad seguía pensando como un pendejo, parecía.

Porque le queman los ojos y la nariz, los oídos le retumban, la ciudad en la que están está en llamas, y Aimée está mirándolo con la misma expresión que tenía esa vez en Siria, cuando le dijo que se encontrarían en un día y, luego, desapareció por cuatro años.

—Si me das un beso, usaré los puntos de presión para noquearte y te llevaré al hombro conmigo, Aims. Me importa una mierda tu archivo confidencial y James, y lo que sea que pasó en Siria y que seas la agente sénior entre los dos —le dice Leonardo, señalándola con la mano, mientras se aferra el muslo con la otra sobre el torniquete que Aimée le acaba de ajustar sobre la herida.

Aimée deja de intentar hacer funcionar el radio y Leonardo sabe que no funcionará, igual que esa vez.

Porque está en una puta pesadilla y en sus pesadillas Aimée siempre siempre sonríe de esa misma forma en que lo hace ahora, siempre le da la espalda sin decirle Adiós, siempre lo mira como si fuera un niño pequeño haciendo una pataleta.

Leonardo está hasta la coronilla de despertar sudando frío extrañándola.

—Leo, hay cosas que…—

—Te dije que no me importa —le espeta Leonardo, agitando la cabeza. —Solo me dices “Leo” cuando estás relajada, cuando estás gimiendo o cuando quieres apaciguarme. Y no estoy haciendo nada para que rías ni para que gimas, aunque preferiría mil veces estar haciendo cualquiera. De preferencia, ambas a la vez, porque te aprietas cuando te ríes mientras te lo hago y eso es mucho mejor que tener el muslo desgarrado contigo mirándome así.

—No digas…—

—No me voy a disculpar por como hablo —bufa Leonardo y deja caer la cabeza hacia atrás hasta que siente la muralla contra el cranéo. —Si piensas largarte sola, te voy a seguir aunque tenga que arrastrarme y termine muerto, Aimée. Y después voy a volver como fantasma y moveré todas las cosas de tu escritorio de lugar antes de que te levantes, atrasaré la hora de tu despertador para que siempre estés atrasada, esconderé todos los Skittles verdes de tu cajón de dulces y pondré metal gutural si algún día veo a otro hombre en tu cama o en tu casa, aunque tengas noventa años y ese hombre sea un enfermero al que le paguen por cuidarte.

Un segundo. Dos.

Entonces, Aimée se ríe y algo en su expresión se desencaja, aunque Leonardo no tiene idea de qué es, pero le resulta insignificante porque Aimée se acerca y le coloca una mano en la pierna sana. 

Leonardo levanta la mano ensangrentada y le sostiene la muñeca. 

Podría decirle otras cosas. Que la extrañó. Que Valentina fue la persona que más quiso durante dos años después de Siria y aún así nunca sintió el mismo frenesí que sintió el puñado de veces que compartió el mismo espacio cuadrado con Aimée cuando empezaron a dormir juntos. Que creía que su yo del pasado había sido un pelotudo cobarde que no se había atrevido a invitarla a salir de verdad porque ella era cuatro años mayor y, después de conocer a su familia, el saber que él no tenía nada que ofrecerle más que su cama y las risas compartidas lo había hecho no querer arriesgar lo poco que tenían.

Ese Leonardo creía que tenía todo el tiempo del mundo. Que era suficiente no decirle lo que sentía porque lo que no decían se confirmaba con lo que hacían, y lo que hacían era bueno.

Este Leonardo piensa que perdió muchos años siendo un imbécil con indisponibilidad emocional justificándose con que era ella la que era fría.

Ese Leonardo no pensaba mucho en sus sentimientos por ella, ni tampoco en los de ella por él. Le importaba más la velocidad con que podía desvestirla, el descubrir qué la hacía perder el aliento más rápido, el verse sobre una Fuerzas Especiales que podía derribarlo en cualquier minuto pero aún así lo dejaba colocarle la mano al cuello y decirle “todavía no, Aims”. 

Este Leonardo ya conoce la velocidad de sus dedos, ya recordó todos sus puntos débiles y, aunque todavía valora el que una 021 lo deje controlar sus clímax, lo que le importa es que despierta con ella en vez de verla largarse en la noche, que a veces la encuentra en su departamento bebiendo té o viendo tele o incluso ya durmiendo cuando él llega más tarde, que sus amigos y colegas le dicen “se nota que ella manda” (y Leonardo se ríe porque sí, claro que ella manda, no hay ningún universo en el que Leonardo no quisiera que fuera así). Le importa que hay un papel en OMAS con la firma de ambos que confirma su relación como consensual y es lo más cercano a un plan de vida para Leonardo en este momento. 

Con los dedos en el interior de su muñeca, Leonardo le siente la presión acelerada, y se calla todo. No por cobardía, esta vez, sino porque Aimée está ríendo y Leonardo no sabe qué significa eso ahora.

—Mi archivo es clasificado porque a los diecinueve me casé por una misión con el agente que era mi mentor y el protegido de James— dice Aimée, la voz queda, llana. —Se robó información sensible que a OMAS le tomó años recuperar, me dejó por muerta cuando nos traicionó y casi no hablé por un año porque me dañó la laringe cuando me ahorcó y, después de la cirugía, me rehúse a hablar. 

Me dejó por muerta.

Me ahorcó.

Leonardo abre la boca. La cierra. Piensa en todas las veces en que colocó su mano sobre la base del cuello suyo mientras le hablaba idioteces al oído tratando de hacerla perder la compostura, y la semejanza se siente peor que la herida en el muslo.

—Conocí a Alex poco después de que me dieran el alta del hospital psiquiátrico. La segunda vez que dormimos juntos, dijiste que estaba en Chile huyendo de algo y así era. Fuiste el primero en decírmelo a la cara y lo dijiste sonríendo. Habíamos dormido juntos dos veces, Leonardo. ¿Sabes lo desarmante que fue eso? Un júnior que apenas me conocía y me había preparado tragos increíbles después de decirme que “podía ponerme algo bueno adentro” y se rio de su propio doble sentido el año anterior, estaba ahí al año siguiente diciéndome en la cara que era una farsa. 

Leonardo entrecierra los ojos. —Nunca dije eso. O sea, lo primero sí, pero nunca te llamé una farsa.

—Así lo entendí. Y tenías razón —dice Aimée con un encogimiento de hombros. —En Siria, ese agente reapareció. Me llamó cuando nos perdimos, antes de cortar las comunicaciones de corto alcance para separarnos. Cuando me encontraste, tenía tu cabeza en la mira de un francotirador a ochocientos metros y yo sabía que su récord sigue insuperado en los campos de tiro de Londres. La decisión no fue una decisión, fue… reacción. Eras tú o la Organización, y te elegí a ti. Y ahora lo haré de nuevo.

El mundo se le cae a los pies.

Leonardo intenta incorporarse, y el pánico que le recorre la espalda se confunde con el dolor de la pierna.

—No. 
 
—No te muevas —dice Aimée, conteniéndolo con una mano sobre el hombro. —Tú maduraste un poco y me has dicho más de lo que sientes de lo que dijiste en todos los años de conocernos, y yo aprendí un poco a apoyarme más en las personas que confío.

Entonces Leonardo la ve levantarse el pantalón de la pierna derecha, desabrocharse la bota y le muestra una pequeña bolsita de felpa que tiene ahí cosida, justo detrás del talón.

—Siver y yo hablamos mucho de esto. El equipo sabe mi posición aproximada desde que salimos de Santiago. Alex en cualquier momento hará una entrada con pose de héroe que no sobreviviré y por la que le agradeceré hasta la muerte porque no puedo sacarnos de aquí sin ayuda. 

...

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